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sábado, julio 05, 2003


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Friday past-midnight soap-opera tragedy

Después de un arduo día de trabajo en el que una vez más asumí mi identidad secreta del "hombre talacha", llegó por fin la hora de salida. El silbato sonó como en Los Picapiedra y ya no se vió de mí más que girar la silla donde estaba sentado. Como en las caricaturas de la Warner.
Lo tenía todo planeado: Ir a los tacos Tlaquepaque de aquí en Zaragoza y llevar a mi casa una rica cena, que traía antojada de semanas, y comer viendo algún episodio de algún programa grabado, o en su defecto, algún DVD de mi colección. Llegué, no sin antes toparme con una pareja singular: ella le reclamaba a él y le llamaba idiota enfrente de sus amigos. Uuuuy. Ya lo dijo el mudo antes, y dijo bien: Las mujeres tienden a tomar el control. Pero esta le contolaba hasta la testosterona. Pobre güey.
Total. Llegué a mi casa, me puse cómodo y preparé el ambiente, que todo estuviera listo y al alcance. Abrí mi lata de fanta, y al sacar el envoltorio de la bolsa, sentí horrorizado como algo caliente y sólido se resbalaba del paquete al suelo. Cerre fuerte los ojos y le rogué al cielo que se apiadara de mí, que al menos me dejara un taco. Uno solo. Con eso me conformaba. Pero no. Todos los taquitos rodaron al piso. Nada se salvó. Nada. Ni un pedacito de carne. Nada. Nadita.

Hace tanto que no me sentía tan triste. Neta, que sensación tan gacha. Mis taquitos a la mierda. Mi corazón lloró su pena. Y luego lloré yo también, que carajo. Sólo, tiste y sin tacos a la 1:30 de la mañana.
El caballo negro es el caballo del hambre.

cn

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